Diario de un Erósofo, texto 1: El oficio de Sexólogo

“¿Para qué sirve un sexólogo?”, me han preguntado hoy, y ayer… y en muchas ocasiones. Los que tenemos colgado en la pared del recibidor o de la consulta un título que nos acredita como tales “Sexólogos” se supone que lo tenemos claro, que somos algo así como mecánicos de ese engranaje llamado “relación de pareja” que, demasiado a menudo, se oxida por falta de mantenimiento o por agotamiento de aquel mágico lubricante que llamamos “deseo”. Entonces, llegado el caso, los sexólogos intentaríamos rescatar de la buhardilla de las amnesias el olvidado “hilo de Eros”, tiraríamos de él y… ¡voilà!, reaparecería la pasión en los amantes, se renovaría el vínculo, las parejas se recuperarían felices y comerían perdices. Fin de la primera temporada.

Así que, simplificando, los sexólogos deberíamos dividirnos básicamente entre los que somos capaces de resucitar el cadáver del erotismo en el lecho de los amantes, prorrogando su reinado, y los que no. Punto y final. Cualquier otra definición más extensa ya se instalaría en la política y las guerras de poder –es decir, la sectaria endogamia académica y sus más o menos justificadas denuncias de intrusismo-. De hecho, prolifera cada vez más la exigencia del ejercicio de la Sexología supeditado a una titulación en Medicina o Psicología. El uso de la palabra “terapia” así lo exige, nos cuentan, como si la Sexología quedara circunscrita a esa actividad concreta. De la denuncia del uso de “terapia” delante de “pareja” por parte de profanos sin titulaciones clínicas a la acusación de proscrito e intruso a cualquier sociólogo, antropólogo, filósofo, pedagogo, historiador, economista o arquitecto con un máster o un postgrado en Sexología, hay a veces una distancia muy corta. Psicólogos y médicos abogan por ese coto privado de actividad. Acepto como comprensible que desde el enfoque de la Sexología Clínica se exijan conocimientos y práctica médica, o experiencia psicoterapéutica cuando el sujeto analizado haya sido diagnosticado de alguna psicopatología, pero cuando de lo que se trata es de reconstruir el vínculo en una relación de pareja cuyos miembros no sufren ningún tipo de desequilibrio psíquico relevante –todos estamos un poco locos, al fin y al cabo-, ¿cómo justifica la Medicina o la Psicología que su interpretación y  abordaje de una situación de crisis relacional tenga mayor validez que la de aquellos que analizan la conducta sexual humana desde otras perspectivas, o de forma transdisciplinar?    

Creo que a medida que el sexo fue adentrándose en el debate social como uno de los Grandes Temas (¿el Gran Tema quizá, junto a la muerte?) de la experiencia humana, reclamando su derecho de ciudadanía en la cultura moderna occidental, no tardaron los distintos saberes y ciencias en disputarse el control del discurso sobre la sexualidad, conscientes de que se abría ante ellos una nueva cota de poder. Religión, Moral, Filosofía, Medicina, Psicología, Psicoanálisis, Sociología, Antropología, Sexología… Rara es la disciplina que, de algún modo y desde la organización académica del saber, no haya intentado apropiarse de La Verdad sobre el sexo. Probablemente, el Positivismo del siglo XIX y la consecuente organización del saber que propició el método científico a lo largo del siglo XX acabaran por monopolizar la interpretación acerca de muchas de las experiencias humanas más complejas y transversales como, de nuevo, la sexualidad, el erotismo, la muerte, la felicidad… vivencias todas ellas poliédricas que requieren por tanto una mirada multidisciplinar o transdisciplinar, holística e integradora. La Medicina se beneficiaría sin duda de la obligada intervención del cuerpo en el acto sexual y los desequilibrios fisiopatológicos derivados de la intención procreadora para reclamar su reinado sobre el sexo en los tiempos del paradigma reproductor. A medida que al discurso sobre el sexo se le sumó el del amor, fenómeno que empieza a emerger a partir de las transformaciones socio-culturales de la Baja Edad Media y culmina en la Modernidad, aquel enfoque más subjetivista que alimentó el nuevo paradigma hedonista abriría las puertas para que Psicología y Psicoanálisis, a finales del XIX y principios del XX, reclamaran el control de parte del Reino del Sexo. Sin embargo, a medida que el Psicoanálisis saltó en Europa del diván a la calle, y de la calle a la sociedad, y de la sociedad a la cultura en general incluyendo el Arte, es posible que esa insaciable ambición de imperialismo cultural acabara por expulsarlo del discurso científico para ubicarlo, en el mejor de los casos, entre las ciencias humanas. Las dos Américas supieron conservar el prestigio del discurso psicoanalítico y su validez psicoterapéutica. En Europa, tengo la sensación de que el Psicoanálisis ha quedado relegado a una alternativa más o menos exótica, dependiendo de cada país, a la Psicología oficial. En España, un cartel de Psicoanalista en un portal se nos antoja una curiosidad, como si estuviésemos en una escena de Woody Allen.

Por tanto, al final quedarán como candidatos y autoproclamados ganadores ex-aequo de la exclusividad sobre el discurso sexológico por un lado la Medicina y por otro la Psicología. El resto de saberes quedarían relegados a las afueras de La Verdad, en las provincias de la opinión. La duda que nos surge a partir de esta visión de la Sexología como área restringida de la Clínica nos devuelve a la pregunta inicial de este capítulo -“¿Para qué sirve un sexólogo?”-. Esa duda la convierto en una pregunta aún más crucial: “¿Cómo reconocer a un buen sexólogo?”. Estaremos de acuerdo en que una titulación en Derecho no convierte a nadie en un buen abogado, ¿cierto? Pues ni un sexólogo, ni un médico, ni un psicólogo, nadie que viva ajeno a la velocidad con la que evoluciona y se transforma la sexualidad en nuestra época, puede entender ni debería por tanto atender a las parejas de nuestro tiempo sin asumir al riesgo de la respuesta a destiempo y soluciones de ayer hoy obsoletas. En las sociedades occidentales avanzadas, los conceptos clásicos que inauguraron el discurso sexológico se han transformado. “Sexo”, “Amor”, “Pareja”, “Placer”, “Relación”, “Familia”, “Matrimonio”, “Compromiso”, “Libertad”… Hay una sociedad que avanza a velocidad de vértigo y vacía de sus contenidos tradicionales multitud de conceptos que van cambiando su significado. Se suceden las novedades constantes en los tipos de relación, cambian las expectativas, fluyen las identidades sexuales, se llenan de nuevas etiquetas los diccionarios, cambian las formas de socialización y comunicación. El cine, la narrativa erótica, el fenómeno sexblogging, las tecnologías del placer, la cultura hiperindividualista, la sociedad de la sospecha en todo lo relacionado con la seducción y el cortejo, la disolución de las fronteras entre el cine comercial y la pornografía… Si Masters & Johnson, o Singer Kaplan, volvieran al presente por unos días descubrirían que parte de los supuestos y premisas sobre las que construyeron su modelo terapéutico han quedado obsoletos. Y, sin embargo, gran parte de la terapia sexual contemporánea se construye sobre esos viejos conceptos cuyo significado o ha cambiado o se ha vaciado. El paciente contemporáneo de terapia sexual vive en un entorno muy distinto. Ha cambiado el guion, ha cambiado el escenario. Recurrir a viejos recursos para adaptarse a una sociedad tan distinta es demasiado arriesgado. Funcionará a veces, sí, pero en muchas ocasiones el terapeuta no va a comprender de qué le están hablando sus pacientes.

Un buen sexólogo entiende el lenguaje desde el que le hablan desde el otro lado de la mesa. Debe estar atento a la sociología de sus tiempos, a cómo se expresa la calle, al modo y dirección en el que se ensancha el campo de juego de la sexualidad. Debe estar al día de lo que se publica no solo desde los ámbitos académicos, sino también en los blogs y las plataformas audiovisuales que mayor seguimiento tienen; de las novelas que triunfan en cada segmento de edad; de lo que arrasa en las plataformas de streaming; de lo que se estrena en las pantallas de los cines; de las revistas con mayor tirada que tratan temas relacionados con la sexualidad. Reconozco a un buen sexólogo por lo que publica, por sus reflexiones, por el lenguaje que utiliza; por cómo responde a las preguntas que le formulan en su web o en las redes sociales, por sus publicaciones y libros, por su participación en entrevistas y foros. Me importa un carajo su currículum académico. Nada de eso lo da una titulación universitaria, ni tampoco nos regala la experiencia que nutre la biografía sexual de cada cual. El sexólogo tiene que pisar la calle, asistir a eventos, conocer lo que atrae a las multitudes el fin de semana; estar al día de los debates candentes sobre sexualidad, comprender el modelo social en el que está instalado, comprender cómo influye el modelo socio-cultural en las nuevas formas de socialización; saber cuáles son los mantras de nuestros tiempos; cómo afecta todo eso al acercamiento hacia el otro, lo que le hace aceptarlo y lo que despierta sospecha; qué consecuencias tienen el modelo ultraliberal hegemónico, las nuevas formas de consumo, la idea de proyecto de existencia o los mensajes de la modernidad tardía; las consecuencias de la diversificación constante en las identidades y el autorreconocimiento de las nuevas generaciones; las nuevas formas de masculinidad, la cuarta ola de feminismo, el parte diario de la guerra de sexos… Un terapeuta de pareja que viva ajeno a todo esto no es muy distinto a las viejas zíngaras automátas de feria que, a cambio de una moneda, te entregaban tu futuro escrito sobre un cartón con aroma a respuesta estandarizada.

Diario de un Erósofo describe las experiencias, lecturas, visionados y reflexiones que aspiran a ampliar cualquier visión restrictiva de la Sexología. A modo de rompecabezas, cada texto es como la pieza de un mágico y extraño puzzle sin guía, como si cada nuevo escrito reformulara todos lo anteriormente escritos. Acerca del debate sobre los posibles intrusismos en una Sexología secuestrada por la Medicina y la Psicología, se desmarca con una clara apuesta por la idea de una Erosofía transdisciplinar y poliédrica frente a una mortecina Sexología de manual, diván, laboratorio o bata blanca. Mi concepto de Erosofía se agota en su propia etimología: por un lado el Eros, con su mirada jánica sobre el amor y el sexo como dos caras de una apasionante y misteriosa moneda, y una Sofía entendida como sabiduría, es decir, como ese conocimiento práctico que lejos de la insípida acumulación de saber y erudición, lo convierte en una guía para la acción y la exploración de la propia sexualidad. La propuesta es la de un viaje fascinante, divertido, puro goce de los sentidos y la vida.

Un título de Sexología entestado en problematizarlo todo o en monetizar el tiempo y el capital invertido puede ser muy rentable, pero olvida probablemente que el sexo es para disfrutarlo, no para sufrirlo. Erosofía es aventura, vivencia, biografía enriquecida. Cada texto que no concluya con una invitación a explorar y explorarse se puede considerar un fracaso estrepitoso. Demasiada teoría suele concluir en tedio, en textos aburridos cargados de información que no invitan a la experiencia. Demasiada práctica sin reflexión ni propuestas de enriquecimiento de la propia sexistencia acaban agrupando un sinfín de microrrelatos confidentes a modo de narcisista diario de batallitas sexuales, puro exhibicionismo del capital sexual despilfarrado en escenas pretenciosamente provocadoras; monotemáticas y repetitivas,  como en un bucle de días de la marmota en versión pornográfica. La sabiduría erótica consiste, a mi entender, en la constatación de haber extraído el meollo de cada experiencia sexual vivida para dar más brillo y valor a la siguiente.

Mi meta consiste, y ya acabo, en que cada texto abra las puertas a nuevos caminos en la propia sexualidad, a cierta autoconciencia sexual que impregne la acción con nuevos retos y logros. Intentaré evitar textos demasiados cargados de concepto que acaben por aburrir al lector. Este mismo texto ya excede este propósito y camina hacia el aburrimiento, incluso para quien lo escribe. Lo dejo pues aquí. Lo que viene a partir de ahora es la Vida después de un título de Sexólogo y el diseño de unas estanterías lo más funcionales y ligeras posible para que cada episodio encuentre su lugar y dinamice a aquellos a los que va a acompañar. Todo texto que no invite a la acción y la exploración será merecedor, con toda justicia, de la desaprobación del lector. Y es que un buen sexólogo es el que sabe estimular la fascinación por la exploración de los caminos hacia el disfrute del erotismo y a lo más parecido, si es que existe, a una felicidad sexual entendida como el goce de uno mismo a través del otro.     

© 2022, Jordi Clotas

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