Diario de un Erósofo, texto 2: El Cine y la crisis del Eros contemporáneo

Escena de ¿Quién teme a Virginia Woolf? (Mike Nichols, 1966)

El sexo se halla en la raíz de la vida (Havelock Ellis)

Sospecho que, tras tantos años asistiendo al sinfín de debates -socio-culturales, psicoanalíticos, morales, religiosos y políticos- con el “Sexo” en el epicentro de sus llamativos titulares, quizá sea hora ya de empezar a asumir cierto hastío de ese Eros líquido anunciado por Bauman. Saturados tras una inacabable sobremesa de décadas, bostezamos ese mundo que, de un tiempo acá, parece no tener nada mejor que hacer que hablar… de sexos.

El sexo politizado, el sexo bajo sospecha, el sexo grávido, el sexo restringido a definiciones y militancia, el sexo sin goce, el sexo mental, el sexo teorizado, el sexo necesitado de justificación, el sexo como arma arrojadiza contra los otros sexos; el sexo debatido, el sexo bloqueado, el sexo sin sonrisas, el sexo como pre-texto sin consumación en texto, el sexo de los grandes teóricos sin praxis, el sexo que se escabulle, el sexo escurridizo de academias y consulta; el sexo encarcelado en etiquetas y conceptos, el sexo de bata blanca, el sexo bloguero de foro y descrédito; el sexo pendenciero, el sexo idealizado, el sexo autojustificado, el sexo penitente, el sexo que pide perdón detrás de ríos de tinta, el sexo que se esconde, el sexo que pide permiso; el sexo hiperverbalizado que no vive ni siente, el sexo sin historia, el sexo con armadura, el sexo que habla sin cuerpo, el sexo que asusta, el sexo que enfada, el sexo que duele, el sexo que daña, el sexo que separa, el sexo que vota; el sexo que reivindica cualquier cosa menos el sexo, el sexo que implosiona, el sexo que no se reconoce, el sexo sin identidad que lo sustente, el sexo que divaga frente a un cuerpo desnudo; el sexo que se dice saberse cada día más pero se vive cada vez menos, el sexo problema, el sexo trauma, el sexo que se sufre; el sexo que se pregunta qué es el sexo, el sexo en decrépita edad adulta sin infancia en la memoria; el sexo del otro juzgado por un cuerpo sin sexo, el sexo asexuado, el sexo decadente de las civilizaciones ancianas, el sexo en crisis, el sexo sin nostalgia de otro recuerdo del sexo, el sexo sin objetivo, el sexo sin efemérides; el sexo fabulans, el sexo moraleja, el sexo sin tacto, el sexo sin sabor, el sexo amputado, el sexo imputado, el sexo con toga, el sexo estrado; el sexo gastronomía de diseño, el sexo desahuciado de placer, el sexo condena, el sexo civilizado de museo, el sexo de rigor mortis, el sexo que se aspira ars sin amandi; el sexo complejo, el sexo diván, el sexo escrúpulo, el sexo teología sin liberación, el sexo que incita pero no excita, el sexo sin huella, el sexo hambre, el sexo pecado, el sexo agenda, el sexo impávido, el sexo espía, el sexo estrábico, el sexo herida, el sexo claustro, el sexo estanco, el sexo anestesia, el sexo diccionario, el sexo estúpido, el sexo patológico, el sexo demasiado lógico, el sexo cerebral, el sexo epidemia; el sexo siempre del otro, el sexo solipsista, el sexo Narciso, el sexo andrógino, el sexo frustración, el sexo satisfacción; el sexo abyecto, el sexo arañazo, el sexo tuerto, el sexo linchamiento, el sexo desconcertado, el sexo desbrujulado… El Sexo, sí, como una suma sin resultado final de todos los sexos.

Todo dice pues hablar de sexos sin responder a la que quizá sea la única gran pregunta, tan banal como acuciante, sobre nuestra sexualidad contemporánea: ¿cómo hemos llegado al Sexo sin Sexo, a cubrir de artificio lo poco o mucho que nos ha ido quedando de oficio? ¿Cómo se problematiza una gozosa experiencia universal? Lo intuyó Foucault décadas atrás: del silencio reprimido y represor a la contemporánea obsesión por nombrarlo todo -como en una inagotable taxonomía de esos infinitos seres sexuados vestidos sin excepción de etiqueta-, acabamos incomunicados, aprisionados, dislálicos. Quizá el exceso de palabras no sea sino la otra cara del silencio, pero con muchos vacíos en lugar de uno solo. ¿Historia magistra vitae? Pues se ve que no, porque al que escribe estas líneas le sigue dando por insistir en hablar… de sexos. Eso sí, al menos tengo intención de hacerlo (¿lo conseguiré?) desde cierto enojo crítico, mascullando junto a esa vieja del visillo que desde el pasado observa el presente sin acabar de entender ya casi nada.

Así pues, con la pierna quebrada como James Stewart en La Ventana Indiscreta, invito al lector/espectador a recuperar los sonrientes rostros de los jóvenes amantes de Pasolini y su Trilogía de la Vida, los orondos cuerpos de Fellini y Tinto Bras, las fábulas de Kieslowski y Rohmer, los delirios estetizados de Visconti, los no tan estéticos pero rebosantes de vitalidad y fiesta de Jess Franco, los claroscursos de Borowczyck, los refinamientos de Sorrentino y las perturbaciones de Verhoeven.. .También, por qué no, a revisitar el sueño del porno de autor y su enmoquetado chic antes de su deshumanización industrial a partir de los ’80, cuando los pornógrafos perdieron el gremio y la artesanía y sucumbieron bajo el taylorismo del artificio amatorio del porno mainstream más industrial, un ars amandi teatralizado en largas cadenas de montaje de cuerpos y experiencias, envasados al vacío de las amnesias de deseo y biografía, para consumo de placer a granel y fast food.

Es, de nuevo a pierna quebrada, que nos convoco pues para preguntarnos y preguntarle, sobre todo al Cine: “pero, ¿qué le ha pasado al Sexo?”. “¿Cuándo fue que empezó a torcerse todo lo relacionado con nuestra sexualidad?” “¿Cuándo el Sexo dejó de significar todo y nada a la vez, en la gran ceremonia de una polisemia tan insignificante como insignificada?”. Me gusta el Cine porque es parejo a ese amigo, tan indiscreto como nuestra ventana, que te responde a todo lo que le preguntas aunque le -y nos- duela. Y lo sabe hacer, además, de manera impertinentemente simple, sin grandes teorías, con ejemplos de vidas enraizadas en el Eros que hablan por sí solas, sin excesivos andamiajes conceptuales. “Mira cómo se comportan los personajes de ese relato y te explicarán lo que quieres saber”, me cuenta su abuela, la Historia. Y es que el Cine nos habla no solo de la época histórica que le da pasado y época al guion, sino principalmente de lo que aún hoy sigue ocupando a la Abuela. El Cine nos remite a tiempo y el imaginario erótico de su director y guionista, al de los actores que aceptan a más o menos regañadientes los papeles que les ofrecen, y al del público que acude en masa o desestima un producto. Dime qué éxito o fracaso cosecha una película con fuerte carga erótica y te diré cómo está nuestro sexo.

Siendo así, ¿se puede escribir una historia de la sexualidad en el Cine? ¿Tiene el Cine, como expresión humana, una inevitable dimensión sexuada? De hecho, Sexología y Cine son prácticamente compañeros de promoción. La Abuela vio los vio nacer a ambos casi siameses, y contempló cómo se hicieron adultos y compartieron salas oscuras a lo largo del siglo XX. Uno y otro mantuvieron largas tertulias tras noches golfas, intentando acordar cómo iban a hablar de según qué y qué época histórica iban a escoger para hablar de ello y para interrogar a su presente. Esa es la trampa del Cine: nunca habla (solo) de la época que contextualiza históricamente ese cuento que nos cuenta. Nos habla (también, o, insisto principalmente) de la época en la que se rueda y se estrena una película, incluso para anticiparnos (cuando el sexo es personaje principal de la trama) las presumibles tribulaciones de aquella sexualidad que nos viene. En el Cine, presente, pasado y futuro parecen fundirse en una infinita autopista temporal sin peajes.

Diría, en una concesión más al tópico de la hipersexualización de nuestra época, que ya hace tiempo (quizá desde la Revolución Sexual, o tal vez ya incluso antes) que, de algún modo, casi todos los filmes nos hablan de sexo, incluso cuando ni entra en sus planes hacerlo y los censores siestean en sus inquisidores rediles, ajenos al orgasmo adolescente de Hedy Lamarr en el irrepetible Éxtasis de 1932, con sus apenas 16 escandalosos años. Rara es la propuesta que no cae dentro del amplio abanico que abarca desde lo más sexográfico hasta lo más sexológico. Puestos a aceptar que lo personal es político, quizá es hora de asumir también –con el riesgo de un mínimo de exageración, asumo- que cuesta encontrar algún relato que no rehúya de algún modo lo sexual, con más o menos matices e hipérboles. ¿Lo sexográfico? Ya nos lo sabemos: el porno, la carne a granel con más o menos biografía y pretexto, la Anatomía retozante sin burladeros ni ganas de demasiadas explicaciones; porque sí, porque los cuerpos lo valen. ¿Lo sexológico? Guiones con muchas esdrújulas enmarañándose en cine de tesis más o menos complicada, con Eros esquizofrénico, sin saber si girarse cuando le llaman “Amor” o cuando le llaman “Sexo” y mucha gente (¿toda?) en crisis desfilando a lo largo de un metraje de un par de horas, toneladas de palomitas y kilómetros de tinta vertida.

En cualquier caso, lo que nos podría interesar de un planteamiento como este es, para no despistarnos con demasiada reflexión, es intentar adivinar qué nos cuenta el cine acerca de nuestra sexualidad en los márgenes de su discurso, como nota a pie de página o en forma de peculiares elipsis de su forma narrativa. Nuestra hipótesis es que dos versiones de un mismo filme, con cuatro décadas de diferencia, explican dos historias muy distintas. Esperemos ver ejemplos sobrados de todo ello, de cómo a la Abuela se le ha ido cansando la vista y las cosas se han ido emborronando: hombres que un día dejaron de ser los hombretones del Western, el Cine Negro y el Bélico; mujeres que dejaron a la Abuela sola tras el visillo para salir a las calles a reivindicarse en la nueva tragicomedia romántica en la que lo romántico se pervierte y se denuncia; guerra de sexos que de repente ya no hace gracia ni es excepción, sino norma; parejas (la otra palabra prohibida de nuestros tiempos) encariñadas con la fricción como forma de equilibrio y sentido; seres ni hombre ni mujer que abanderan minorías; sospechas por doquier, entre todos los personajes, culpables hasta que el final de la peli no demuestre lo contrario; militares y vaqueros muy musculosos que sueñan con los labios del vecino efebo (desde el militar retirado de American BeautySam Mendes, 1999- hasta el recentísimo pseudo-macho alfa de El Poder del PerroJane Campion, 2021- ; perversión y amoralidad como exigencia de guion; hombres al borde de un ataque de nervios; relatos mínimos iluminados –solo- con sombras (¡cincuenta o más!), como en un inevitable eclipse de lo humano en peligro de extinción; cine de catástrofes cotidianas y domésticas, intramuros (recuperando medio siglo más tarde hasta al más agrio Bergman, el de Secretos de un Matrimonio de 1973, en un remake en formato streaming, dirigido por el oscarizado Noah Baumbach); alcobas con camas de clavos para amores faquires muriendo de inanición o desangrados de recriminación; censores agotados ante el espectáculo y la convicción de que todo, en un momento u otro de la trama, se va a torcer hacia lo censurable llegado el caso (Marco Bellocchio y la peculiar El diablo en el cuerpo de 1986). ¡Hay que joderse! ¿Realmente está todo tan mal? ¿Qué le ha pasado al Sexo? ¿Por qué el Amor no se presenta ya a ninguno de los cástines si no es para abandonar el rodaje a medio hacer, o incluso en el primer cuarto de hora de la peli?

Pues eso… En esta ceremonia de desencuentros en la que se ha convertido la escena amorosa y erotizante de nuestra sexualidad contemporánea, el Cine tiene mucho que explicarnos. Estoy seguro de que si empezamos a mirar fotogramas anteriores a la Revolución Sexual, todo esto de algún modo ya debería haberse visto venir. Cierto: me cuesta pensar en la Bacall soltándole un bofetón a Bogart, a este entrando en crisis cuestionando al patriarcado y uniéndose a los vaqueros de Brokeback Mountain para estigmatizar lo femenino y sacarlo de su mapa de los sexos, y a los tres contratando los servicios de la Sra. Doubtfire para construir una comuna de desheredados de su género. Pero, en cualquier caso, esto acabaría por llegar, y se venía gestando ya hace tiempo. Lo masculino, lo femenino, lo nilounonilotro, las minorías, los abusos, los acosos, los enredos, la crispación, la disonancia, el desconcierto, la imposibilidad de diálogo, la necesidad de lo políticamente correcto (“ponga una denuncia de género en su vida”), el desamor, el fracaso continuo, la amenaza, el malestar, la sospecha… Hemos perdido el sentido del humor, la perspectiva lúdica y las ganas de divertirnos en todo lo relacionado con el sexo. Hoy, para hablar de Sexo, hay que ponerse grave, sobrio, de sotana o toga; encaramarse al estrado o a la tarima; hablar ex cathedra desde el púlpito o surfear sobre un título universitario que convierta en palabra de Dios nuestras denuncias, obsesiones, amenazas y malos augurios. ¡Y no se nos ocurra hablar sin un lenguaje ultrainclusivo de todo ello! O eso, o somos chabacanos, frívolos, patriarcales, burdos, ordinarios, horteras y arrabaleros. Buuuuf… Lo peor es que -ya anticipo- yo soy el primero que va a caer a menudo en esa tonalidad otoñal, depresiva y neurasténica de la intelectualización y politización del Sexo, olvidando que hablar obsesivamente de ello es a veces como subtitular una peli porno: gratuito, absurdo e innecesario.

Insisto: ¿tan mal está la cosa? Muerto el paradigma romántico, ¿se acabó el amor? Eva Illouz escribe El Fin del amor; Byung-Chul Han, La Agonía del Eros; Slavoj Zizek, El Sexo y el Fracaso del Absoluto… y esos libros se venden a patadas. Son solo tres ejemplos recientes de cómo hasta los filósofos “serios” (ajenos durante siglos a los asuntos de alcoba como tema de segunda o tercera clase, salvo honrosas excepciones) parecen haberse apuntado a la moda del apocalipsis del amor como reclamo para sus best-sellers. El amor del que hoy parece hacerse eco el Cine parece obligado a ser -¿inspirado por la intelectualidad de moda?- complejo, confuso, deshilachado, convulso, desazonador, inquietante, irritante, doloroso… ¿absurdo quizá? ¿Imposible, ya puestos? El nuevo desorden amoroso, más que el título de su libro, se me antoja hoy una premonición de los Bruckner y Finkielkraut de hace ya casi medio siglo (1977) sobre la que nos venía encima. Hoy parece haberse convertido en lema, en mantra: “El amor será un despropósito o no será”. Los Beck le dieron otra fórmula tampoco desacertada a este panorama (El normal caos del amor, 2001) ya en los albores de nuestro siglo. Del happyending al happily ends, lo feliz parece ser no tanto tal o cual final como el hecho de que (¡por fin!) lo que sea se acabe de una vez por todas. Con tamañas mentes como los Lipovetsky, Zizek, Han, Bruckner, Finkielkraut o Illouz, no es de extrañar que confiar en el amor -o en una de las tantas configuraciones de pareja duradera- se haya convertido más en un acto de fe casi místico que en una apuesta sostenible. Tampoco debería parecernos raro que el Cine no se atreva ya a comercializar, por miedo al fracaso en taquilla, una peli romántica de las de toda la vida… si no es en algún certamen de Ciencia Ficción. Buenos tiempos para coñodramas y falotragedias.

En fin… Vamos a preguntar a unos cuantos directores y a muchas de sus producciones desde qué infierno del Dante han construido esas obras tras cuyo visionado a los amantes les dan ganas de salir corriendo o, directamente, se divorcian a la salida de la sala. Del cine lacrimógeno de antaño a la bilis del Cine actual, del kleenex a la tarjeta de nuestros abogados, del lirismo a la dramaturgia más histriónica, del altar al juzgado, os invito a dar un paseo por el Festival de los Horrores Emocionales para votar los mejores filmes en la categoría de Fracaso Anunciado, para ver qué películas de las presentadas merece el Cactus de Oro al Mejor Guion de Pareja de los Nuevos Tiempos. Busco título para esta infinita serie de dramas del cine contemporáneo. ¿”Y fueron infelices”? ¿”Bienvenidos al Planeta Single”? ¿”Apaga y vámonos”?

Después del visionado de la mayoría de estos filmes, por si aún nos quedaran ganas de construir una sólida relación de pareja en mitad del berenjenal que nos plantean (o, rizando el rizo, dedicarnos a ese oficio de mecánicos de vínculos eróticos en que consiste la Sexología), se me ocurre recordar a Pasolini, cuando al final de su Decamerón, allá por 1971, ya se preguntaba: 

¿Por qué realizar una obra, si es mucho más bello soñarla solamente?

Sintiéndolo mucho, quizá en un alarde de ilusión y esperanza sin fundamento, me resisto a pensar que la de nuestro Cine actual es la única profecía posible sobre el futuro del Eros. Vamos a ver cómo hemos llegado a asumir ese oscuro vaticinio de la mano del Séptimo Arte y nuestra clase intelectual guionista. Intentaremos descubrir dónde están y cuándo han aparecido, si las hay, las trampas que nos han hecho asumir esa calamitosa perspectiva hasta convertirla en irrefutable modelo de supervivencia futura de ese Sexo que Ellis decía haber hallado en la raíz de la Vida. En muchos de estos textos vamos, en suma, a hablar de sociología de la sexualidad contemporánea a través del Cine… y su particular retórica del desconcierto.

© 2022, Jordi Clotas

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